Treinta motos elegidas a mano y expuestas como lo que son: piezas únicas, customizaciones que llevan meses de taller detrás, clásicas que siguen rodando. Sus dueños vienen invitados, con bebida y gasolina a cuenta de la casa.
Pero la exposición es solo el punto de partida. Durante cuatro días el pueblo entero se convierte en museo rodante: café racers, customs, scramblers, clásicas y freestyle entrando y saliendo, aparcadas en cualquier esquina, arrancando a deshora. Aquí las motos no están detrás de un cordón. Están en la calle, y la mitad se va a la playa por la tarde.
Esto no es solo una exposición. Es lo que pasa cuando alguien coge una moto que llevaba veinte años en un garaje y le dedica dos inviernos.
Bastidores al aire, sin carenar, donde se ve cada soldadura y cada soldadura dice quién la hizo. Piezas torneadas a mano. Cromados que tardan más en pulirse que en montarse. El lujo aquí es el tiempo que alguien decidió meterle.
Y esta edición queremos que sea también un encuentro: constructores, mecánicos y riders en el mismo sitio, cuatro días, con tiempo para hablar de lo que cada uno tiene entre manos. Que es, al final, para lo que se monta esto.

Recuperamos algo de los primeros Motorbeach: este año el Free Style tiene jurado y tiene premios. Se acabó venir solo a enseñarla.
Es la zona más suelta del recinto. Motos que no entran en ninguna categoría, construidas en garajes pequeños con más ingenio que presupuesto, con soluciones que a un fabricante no se le ocurrirían jamás porque no se lo permitirían.
Constructores de aquí y de fuera, cada máquina con su carácter y casi siempre con la mano de una sola persona detrás.
Queremos ver lo que estáis montando. Traedlo.

Harley y Triumph, que no necesitan presentación. Las BSA de los que empezaron antes que nadie. Las japonesas que se lo comieron todo en los setenta: Yamaha, Honda, motos que arrancaban a la primera después de dormir seis meses a la intemperie.
Y las de aquí, que en España pesan tanto o más: Bultaco, Sanglas, las Puch de las que casi todos aprendimos algo. Todas reinventadas, ninguna igual que como salió de fábrica.
Dónde.
Todo esto pasa en Cuevas del Almanzora, en el levante almeriense, al abrigo del mar.
Es un sitio con la piel curtida. Detrás de la playa está la Sierra Almagrera, llena de bocaminas cerradas, chimeneas de ladrillo y estructuras de hierro que llevan un siglo oxidándose al aire. Aquí el metal viejo no es una moda: está en el paisaje desde antes que nosotros.
Y luego está lo otro: que a finales de febrero, mientras media España saca el abrigo, aquí puedes desayunar en la calle en manga corta. Es la esquina más seca de Europa y el sol no se toma el invierno libre.
Cuatro días. Palomares. Gasolina y salitre.

FREEDOM IS NOT FREE
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